Carta Pastoral de Monseñor Polito Rodríguez Méndez, Obispo de San Carlos

 

Al clero, a los miembros de la vida consagrada, seminaristas, a los hombres y mujeres de buena voluntad y a los fieles en general, con motivo de mis dos años al frente de esta Iglesia Local.-

 Los discípulos de Emaús, testigos de la Resurrección.-

 

  1. Coincidiendo con el segundo aniversario de mi nombramiento como Obispo de la Diócesis de San Carlos y con los dos años al servicio de esta Iglesia Particular, saludo con alegría al clero diocesano y a todos los fieles de nuestras parroquias con quienes comparto la fe en Jesucristo, que resucitó del sepulcro al tercer día y vive junto al Padre. Deseo y transmito a todos ustedes la paz que ofrece el Señor resucitado. Les dirijo unas palabras inspiradas en el relato de los discípulos de Emaús, que está reflejado en el lema de mi escudo episcopal.

 

monseñor polito rodriguez

Lo sucedido a Cleofás y a su compañero fue la base de la homilía que pronuncié el 25 de Junio de 2016, durante la toma de posesión canónica de la Diócesis. En esta Carta Pastoral quiero retomar el episodio de los dos discípulos de Emaús, pues tiene plena vigencia en la situación que estamos viviendo. Siguiendo los pasos de ambos, los cristianos estamos llamados a ser testigos de la Resurrección de Jesús. Para lograrlo, es necesario caminar por la ruta que ellos anduvieron y encontrarnos con Jesucristo. En ese peregrinar hemos de escuchar su Palabra, dejarnos iluminar por ella y alimentarnos con la Eucaristía que nos da fuerza para llegar a la meta, que es la vida eterna. El texto de los discípulos de Emaús está muy presente en mi episcopado y vida espiritual. Y en consecuencia lo propongo para que sea interiorizado y luego exteriorizado en nuestra pastoral.  Lc  (24, 13-45)

 

 

  1. Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que dista sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó a ellos y se puso a caminar a su lado. Pero sus ojos estaban como incapacitados para reconocerlo. Él les preguntó: «¿De qué van discutiendo por el camino?» Ellos se pararon con aire entristecido.

“Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no se ha enterado de lo que ha pasado allí estos días?» Él les dijo: «¿Qué ha ocurrido?» Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, un profeta poderoso en obras y palabras a los ojos de Dios y de todo el pueblo: cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados lo condenaron a muerte y lo crucificaron.  Nosotros esperábamos que él sería quien liberaría a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que eso pasó.  El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles que decían que estaba vivo. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.»

“Él les dijo: «¡Qué poco perspicaces son ustedes y qué mente más tarda tienen para creer todo lo que dijeron los profetas!  ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria?»  Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les fue explicando lo que decían de él todas las Escrituras.

“Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le rogaron con insistencia: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado». Entró, pues, y se quedó con ellos.  Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando.  Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su vista. Se dijeron uno a otro: «¿No ardía nuestro corazón en nuestro interior cuando nos hablaba en el camino y nos iba explicando las Escrituras?» Levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!»  Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

“Estaban comentando todo esto, cuando se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con ustedes».  Sobresaltados y asustados, creyeron ver un espíritu.  Pero él les dijo: «¿Por qué se asustan? ¿Por qué dudan?  Miren mis manos y mis pies; soy yo. Tóquenme y comprueben que un espíritu no tiene carne y huesos como yo tengo». Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Como no acababan de creerlo a causa de la alegría, y estaban asombrados, les dijo: «¿Tienen algo de comer?» Ellos le ofrecieron un trozo de pescado.  Lo tomó y comió delante de ellos. Después les dijo: «Lo ocurrido confirma las palabras que les dije cuando todavía estaba con ustedes: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí.» Entonces, abrió sus mentes para que comprendieran las Escrituras”.

Los dos discípulos, la realidad venezolana y la situación de Cojedes

  1. Los dos discípulos abandonan la comunidad de los apóstoles, que estaba encerrada y acobardada. Van hacia Emaús. Están tristes y frustrados. Su vida ha perdido sentido. Además, tienen miedo. Se sienten solos y desprotegidos. Se han truncado las ilusiones y las esperanzas que habían puesto en quien consideraban que liberaría a Israel de la opresión romana. No saben qué hacer. Están hundidos y sin ánimo. Caminan desconcertados.

Igual que ocurría a Cleofás y a su compañero, muchos ciudadanos están frustrados. Hace algunos años numerosos venezolanos habían puesto su esperanza en un líder político que les ofrecía llevarles al paraíso terrenal. Hoy se sienten fracasados y engañados. No sólo no han obtenido lo que les había prometido y esperaban alcanzar, sino que están en peores condiciones que cuando se ilusionaron con una persona a la que idolatraron.

No son pocos los fieles de la Diócesis de San Carlos que, como los discípulos de Emaús, están sumidos en el pesimismo y la desesperanza, fruto de la dramática situación del país. La muerte de Jesús hizo que esos dos discípulos abandonaran Jerusalén y se dirigieran a Emaús. De manera similar, igual que han hecho otros venezolanos, muchos cojedeños han abandonado la tierra que les vio nacer, porque han perdido la fe en ella y se han visto obligados a buscar fuera de su patria respuesta a sus necesidades y expectativas.

 

  1. La gravísima crisis de Venezuela ha hecho que un elevado porcentaje de la población viva en pobreza extrema y que muchos ciudadanos mueran cada día a causa de la desnutrición, la carencia o carestía de medicinas, la falta de atención hospitalaria y el suicidio. Todo ello está unido a la hiperinflación, la inseguridad física y jurídica y a la poca disponibilidad de dinero en efectivo, que hace complicado y angustioso poder afrontar los quehaceres diarios. Esto es más evidente en el Estado Cojedes, donde las dificultades para enfrentar los problemas son mayores.

La vida de nuestra Iglesia también se ha visto afectada por la crisis. Los fieles tienen menos recursos económicos para apoyar y sostener las parroquias. Además, se les dificulta asistir a las reuniones pastorales debido a la delincuencia y a la situación del transporte, e incluso a problemas de alimentación y de salud. De igual modo, a los sacerdotes se les hace difícil movilizarse para atender las zonas periféricas de sus parroquias.

Para enfrentar la crisis como corresponde a los seguidores de Cristo, es necesario acudir a Él para que nos ilumine y dé fortaleza. La experiencia de los discípulos de Emaús nos ayudará a afrontarla con una actitud cristiana.

La Palabra de Dios despierta el corazón de los discípulos

  1. El día de la Resurrección dos discípulos de Jesús iban a Emaús. Conversaban sobre lo que había pasado. Mientras hablaban y discutían, el mismo Jesús se acercó a ellos, se puso a caminar a su lado y les explicó todo lo que las Escrituras decían de Él (Lc 24, 15-27). Aunque no se percataron de que su inesperado compañero de viaje era el Señor, su corazón ardía en su interior cuando escuchaban la explicación de las Escrituras (Lc 24, 31).

Como les sucedía a los discípulos de Emaús, hay venezolanos que no han abierto los ojos para darse cuenta de quiénes son los responsables de la crisis del país. Los cristianos hemos de escrutar las Escrituras, como lo hicieron los viajeros de Emaús, ya que “la Palabra tiene en sí una potencialidad que no podemos predecir” (Evangelii Gaudium, 22). Ella ayudará a tomar conciencia de que muchos de nuestros problemas tienen su origen en el pecado, que se manifiesta en la viveza y la flojera de los ciudadanos, en la corrupción de numerosos gobernantes y funcionarios de los poderes públicos, y en la falta de probidad de algunos ciudadanos y empresarios.

El cristiano no puede apoyar ideologías o sistemas políticos que se oponen a las enseñanzas de Jesús, ni idolatrar a líderes que utilizan a las personas y golpean la dignidad humana para alcanzar el poder y mantenerse en él de cualquier manera. Tampoco puede vivir de espaldas a los mandamientos de Dios.

La fracción del pan termina de abrir los ojos a los discípulos

  1. Los viajeros están llegando a Emaús. Comienza a anochecer. Los discípulos se sienten bien con su inesperado compañero, aunque todavía no lo reconocen. Al acercarse a su destino, Jesús quiso seguir adelante. Pero Cleofás y su colega le rogaron con insistencia: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado. Entró, pues, y se quedó con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su vista” (Lc 24, 28-31).

En estos oscuros momentos para Venezuela, es necesario que los ciudadanos abran los ojos como lo hicieron los discípulos de Emaús.  Muchos problemas de los venezolanos, se deben a que no han dejado entrar al Señor en su vida, por eso andan a la deriva. Caminan sin fuerzas, frustrados, cansados, malhumorados y sin esperanzas. Cristo quiere devolverle la alegría y la esperanza. Para ello ha de entrar en tu casa, como entró en el hogar de sus anfitriones de Emaús. El Señor quiere quedarse contigo y espera que le digas: “quédate con nosotros”. Los discípulos de Emaús lo reconocieron al partir el pan. La Palabra avivó su corazón, pero la bendición y la fracción del pan terminó de despertarlos. Fue entonces cuando “se les abrieron los ojos y lo reconocieron” (Lc. 24, 31).

El encuentro con Jesucristo no deja indiferente

  1. Reconocer a Jesús no dejó indiferentes a los discípulos de Emaús: “Levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén” (Lc 24, 31). Estarían cansados. Habían caminado unos once kilómetros. Pudieron haber descansado antes de regresar. Pero no esperaron. Necesitaban con urgencia dar una buena noticia a los apóstoles. La Palabra de Dios les quema: “¿No ardía nuestro corazón en nuestro interior cuando nos hablaba en el camino y nos iba explicando las Escrituras? (Lc 24,32). Por eso, Cleofás y su compañero vuelven a caminar los once kilómetros, pero en sentido contrario. No temen al cansancio. Han recobrado el ánimo, la energía y la esperanza.

El cristiano que se ha encontrado con Jesús, no espera al día siguiente para anunciar la Buena Noticia, ni argumenta tener sueño, que está cansado o que ha de hacer otras cosas. Se puede anunciar a Jesucristo resucitado de múltiples formas y cada quien ha de hacerlo de la manera que se lo pida el Señor; pero hay que hacerlo para ser fiel a su mandato: “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado” (Mt 28, 19-20).

Además de anunciar la Buena Noticia, el cristiano comparte el pan. La Palabra y la Eucaristía no pueden quedar encerrados, sino que han de llevar a compartir. Si no es así es porque no se ha encontrado con Jesucristo resucitado. Habrá leído las Escrituras o participado en la misa dominical, por costumbre o rutina, pero no se ha alimentado espiritualmente, porque Jesús no deja indiferente al que se encuentra con Él. En estos momentos difíciles para Venezuela, es urgente anunciar a Jesucristo porque es el único camino para salir de la crisis causada por el pecado.

 La comunidad acoge, escucha y hace presente a Jesús

  1. Los discípulos de Emaús, regresaron a Jerusalén para dar la Buena Noticia a los once (Lc 24, 31). Estaban contando lo que les había ocurrido “cuando se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz con ustedes” (Lc 24, 36). Los apóstoles se sobresaltaron y asustaron, pero Jesús los tranquilizó”. (Lc 24, 38-43). La sorpresiva aparición del resucitado asustó a los apóstoles, pero sus palabras tranquilizadoras les produjeron asombro y alegría (Lc 24, 41).

También hoy Jesucristo está presente en la asamblea de creyentes cuando se reúnen para celebrar la Palabra o la Eucaristía. “Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos” (Mt 18, 20). Igual que en Jerusalén, la presencia de Jesús en la comunidad cristiana, proporciona paz y alegría a sus integrantes.

La comunidad acoge, escucha y apoya a sus miembros para darles ánimo y ayudarles en sus necesidades.  Donde hay tristeza y desaliento no está Cristo. Como dice el Papa Francisco en la Evangelii Gaudium: “El Evangelio, donde deslumbra gloriosa la Cruz de Cristo, invita insistentemente a la alegría” (EG, 5). En la Venezuela actual, el cristiano ha de generar alegría y esperanza pues, como expresan los obispos latinoamericanos en el Documento de Aparecida “los cristianos somos portadores de buenas noticias y no profetas de desventuras” (Aparecida, 29).

Tú y yo somos discípulos de Emaús 

  1. Tú y yo somos discípulos de Jesús y estamos llamados a ser testigos de su Resurrección. “Discípulo, leemos en la Ratio Fundamentalis Institutionis, “es aquél que ha sido llamado por el Señor a estar con Él, a seguirlo y a convertirse en misionero del Evangelio. El discípulo aprende cotidianamente a entrar en los secretos del Reino de Dios, viviendo una relación profunda con Jesús. Este “permanecer” con Cristo implica un camino pedagógico-espiritual, que trasforma la existencia, para ser testimonio de su amor en el mundo” (RFI, 61).

Como enseña la Evangelii Gaudium “en virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero…. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús…” (EG, 120).  Los obispos latinoamericanos, por su parte, afirman que “Los discípulos y misioneros de Cristo deben iluminar con la luz del Evangelio todos los ámbitos de la vida social” (Aparecida, 501).

Ser testigos de la Resurrección de Cristo en la Venezuela de hoy, siendo discípulos y misioneros, exige asumir responsabilidades que sólo es posible llevar adelante con la luz y la fuerza del Espíritu Santo. A ellos corresponde promover “una cultura del compartir en todos los niveles en contraposición de la cultura dominante de acumulación egoísta, asumiendo con seriedad la virtud de la pobreza como estilo de vida sobrio para ir al encuentro y ayudar a las necesidades de los hermanos que viven en la indigencia” (Aparecida, 540)

El discípulo escruta la Palabra de Dios y vive con ella

  1. Como los viajeros de Emaús, los discípulos de Jesús han de escrutar las Escrituras. La Constitución Dei Verbum, invita a que los cristianos “se sumerjan en las Escrituras con asidua lectura y con estudio diligente…”; sin olvidar que “debe acompañar la oración a la lectura de la Sagrada Escritura para que se entable diálogo entre Dios y el hombre; porque “a El hablamos cuando oramos, y a El oímos cuando leemos las palabras divinas” (DV, 25).

En estos momentos difíciles exhorto al clero diocesano y a los demás integrantes de la Diócesis de San Carlos a sumergirse en las Escrituras. Ellas han de iluminar al creyente en sus actuaciones cotidianas. De esa manera podrán vivir en la paz y alegría de Jesucristo. En ese sentido, recomiendo utilizar la Lectio Divina, para que la relación con la Sagrada Escritura no sea simple lectura, sino que se convierta en diálogo con el Señor, escuchando qué nos dice, manifestándole nuestras inquietudes y necesidades, y poniéndonos a su disposición, diciéndole sí a su Palabra.

El discípulo se alimenta con la Eucaristía

  1. Los discípulos de Emaús terminaron de abrir los ojos al partir el pan. En ese momento recuperaron el ánimo y el valor. Así como los israelitas se alimentaban del maná para caminar por el desierto, la Eucaristía es alimento espiritual que da fortaleza para vivir según las exigencias de Jesucristo.

La Lumen Gentium afirma que la Eucaristía es “la fuente y cumbre de toda la vida cristiana” (LG, 11). El Catecismo de la Iglesia Católica, por su parte, enseña que el “crecimiento de la vida cristiana necesita ser alimentado por la comunión eucarística, pan de nuestra peregrinaciónComo el alimento corporal sirve para restaurar la pérdida de fuerzas, la Eucaristía fortalece la caridad que, en la vida cotidiana tiende a debilitarse…” (CIC, 1393-1394).

En concordancia con los textos citados, los católicos han de compartir la fracción del pan para alimentarse espiritualmente. De esa manera podrán vencer al pesimismo y la desesperanza y tendrán fuerza para construir el Reino de Dios. En el notorio ambiente de desaliento que se respira en el entorno, invito a todos los fieles de la Diócesis de San Carlos, a participar en la misa dominical; y exhorto a los presbíteros a renovar la celebración de la Eucaristía, para que sea un verdadero encuentro de la comunidad cristiana con el Señor, en el que puedan rendirle culto, escuchar su Palabra, y nutrirse con ella y con el Pan Eucarístico.

El cristiano ha de evangelizar

  1. Las Escrituras y la fracción del pan dan ánimo a Cleofás y a su compañero para regresar a Jerusalén a anunciar la Resurrección de Cristo y llevar a los apóstoles alegría y esperanza. De manera similar, el cristiano que se alimenta espiritualmente ha de anunciar a Cristo resucitado. Para el discípulo de Jesús, ese anuncio no es facultativo, sino un mandato: “Vayan y hagan discípulos a todas las gentes…” (Mt 28,19-20). Por eso, “ya no decimos que somos «discípulos» y «misioneros», sino que somos siempre «discípulos misioneros»” (Evangelii Gaudium, 120).

El Decreto Ad gentes enseña que “La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza” (AG, 2). Por eso, al ser la acción misionera “una actividad primaria de la Iglesia, esencial y nunca concluida” (Redemptoris Misio, 31), los sacerdotes de la Diócesis han de hacer énfasis en la evangelización. Asumir decididamente los itinerarios de iniciación cristiana, e ir a las periferias de las parroquias con la Buena Nueva. Los pastores no han de olvidar que “la tarea evangelizadora no es algo facultativo para los discípulos de Cristo, sino que forma parte esencial de la misión de la Iglesia. “Ella existe para evangelizar” (Evangelii Nuntiandi, 3)

El amor, señal que distingue a los discípulos de Jesús

 

  1. Al llegar a Jerusalén, Cleofás y su compañero dan a los apóstoles una buena noticia. Lo que no esperaban era recibir una noticia similar: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!” (Lc 24, 34). En otras palabras, entre ellos se intercambian buenas noticias. Poco después de ese intercambio los apóstoles comparten con Jesús algo de comida, pues “le ofrecieron un trozo de pescado” (Lc 24, 42). Es decir, tanto los discípulos de Emaús, como los apóstoles pusieron a disposición de la comunidad el alimento que tenían.

Este es un buen ejemplo a seguir hoy por los católicos. En momentos en que tantos hermanos nuestros tienen penurias y necesidades, incluso hambre y severos deterioros de salud, la indiferencia no puede tener cabida en nosotros. No podemos argumentar estar cansados o tener pocos recursos para ayudar a los demás. Aunque no tengamos dinero, alimentos o medicinas, podemos regalar esperanza y orar por los necesitados y por los que sufren.

Dios nos llama a ser solidarios. En una realidad como la nuestra, marcada por el odio y el conflicto, saturada de violencia, sumida en la tristeza y el pesimismo, abatida por la frustración y la desesperanza, los cristianos hemos de ser instrumentos de paz, portadores de alegría y esperanza. Que la Virgen María, “la discípula más perfecta del Señor” (Aparecida, 266), interceda ante Jesucristo para que conceda a los católicos el don del amor, pues “en esto conocerán todos que son discípulos míos, si se aman los unos a los otros” (Jn 13,35).

 

San Carlos 29 de Junio de 2018, solemnidad de los apóstoles Pedro y Pablo, discípulos misioneros de Jesucristo.

 

Polito Rodríguez Méndez

 Obispo de San Carlos- Cojedes

 

 

 

 

 

 

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