Monseñor Sixto Sosa… una vida testimonio de santidad

0
1007

CARLOS HERNÁNDEZ.-

El 20 de octubre de 2020 celebraremos los 150 años del Natalicio de Monseñor Sixto Sosa Díaz, hijo ilustre de Tinaco, estado Cojedes y Primer Obispo de Cumaná, cuya vida fue un testimonio de santidad, tal como históricamente se evidencia en sus diferentes etapas desde su niñez, pasando por su adolescencia como estudiante, como joven seminarista, luego como adulto, presbítero y obispo. Por los frutos que la fe en Dios le permitió generar durante 73 años de existencia, su entrega al fortalecimiento de la iglesia católica a finales del siglo XIX y primera mitad del siglo XX, su humildad y vocación al trabajo por los más necesitados, ha sido postulado ante El Vaticano para su posible canonización.

Por esa razón los venezolanos y en especial los tinaqueros oran para que la causa que se ha abierto, los estudios que se están realizando y las evidencias que existen de su testimonio de vida en santidad, puedan alumbrar el camino para que el nombre de Sixto Sosa sea inscrito en los altares y su intercesión ante el Señor sea cada vez más consecuente acorde con las aspiraciones del pueblo de Dios.

La vida de Monseñor Sixto Sosa Díaz fue un trajinar lleno de fe, esperanza y caridad, desde cuando nació en Tinaco, el 20 de octubre de 1870 hasta que marchó al encuentro del Señor el 29 de mayo de 1943 en la ciudad de Caracas. Este hijo de Francisco Sosa y Matilde Díaz, dejó huellas imborrables en la historia del clero venezolano, pero además su amor al prójimo le llevó a emprender acciones que arrojaron consecuencias muy positivas no sólo en el cultivo de la fe sino también para el desarrollo social de pueblos y ciudades en la Venezuela rural de los siglos XIX y XX.

EL COMIENZO DE UNA VIDA DE FE

Al momento de su nacimiento, Tinaco era un pueblo de solitarias calles, con imponentes casonas coloniales y una iglesia dedicada a Nuestra Señora del Rosario de la Chiquinquirá, que destacaba por su hermosura frente a la plaza mayor, donde fue bautizado el niño Sosa el 8 de enero de 1871. Por el bautizo se hizo hijo de Dios, e inició entonces su camino de santidad, estimulado siempre, además, por el ejemplo moral y espiritual de sus padres, esposos de arraigadas raíces cristianas católicas, apegados a valores como el respeto, el amor al trabajo, al estudio y a la fraterna convivencia.

 SU FORMACIÓN ESCOLAR Y ESPIRITUAL

Interesados en que Sixto tuviese una educación de calidad, en 1881, cuando apenas tenía 11 años, sus padres le envían a la isla de Trinidad, junto a sus tíos (maternos) los connotados educadores Luis María y Carlos Alberto Díaz, quienes lo inscriben en el Colegio Santa Ana, en Puerto España, según refiere el periodista y poeta tinaquero, Porfirio Arias Moreno en artículo de prensa publicado en el diario “La Religión” (Caracas, 1970).

Su estadía en ese país contribuye a su formación cultural y a aprender a dominar otro idioma (Inglés, aunque luego también aprendió a dominar el Francés)). En Trinidad hace su Primera Comunión, lo cual fortalece su espíritu y comienza a moldearse su interés por las cosas de Dios. También en Trinidad fue confirmado de manos de Monseñor Louis Gonni, Arzobispo de Puerto España.

Profesores y alumnos del Colegio Bolívar de Tinaco donde estudió Sixto Sosa (Tomada de La Historia Oculta: El Colegio Bolívar de Tinaco, de Argenis Agüero. Foto del Cojo Ilustrado) https://agronoticiasvenezuela.com.ve/?p=18661

Regresa en 1885 a su Tinaco natal donde realiza estudios en el famoso Colegio Bolívar, dirigido por el talentoso pedagogo colombiano Balbino García, y para entonces, se percibe en él con más intensidad su vocación religiosa, su paz interior por el llamado del Señor. Había pensado ingresar a la Escuela Arzobispal de Valencia, pero ocurrió algo que le dio un giro a sus planes.

A LOS 17 AÑOS CONFIRMA SU VOCACIÓN AL SACERDOCIO

El periodista, poeta y escritor, Juvenal Hernández (Cronista de Tinaco en el lapso 1975-2004) señala en su folleto “Tras la Huella de Dios”, que Sixto Sosa en 1887 decide viajar a Calabozo, estado Guárico, para ingresar en el Seminario Josefino de esa ciudad llanera, regido entonces por Monseñor Dr. Felipe Neri Sendrea, donde recibe el título de bachiller en ciencias filosóficas el 20 de septiembre de 1890 y el 21 de diciembre de 1894 recibe la ordenación sacerdotal. En junio de 1896 se gradúa de Doctor con calificaciones destacadas.

El acucioso cronista Hernández en su ya nombrado libro, cita palabras textuales del joven Sixto Sosa, que a continuación reproducimos:

“Sintiendo vocación para el sacerdocio y hallándome en El Tinaco el año 1887, comenzando el curso filosófico en el acreditado Colegio Bolívar dirigido por Don Balbino García, Pedagogo colombiano, llegó el ilustrísimo Dr. Salustiano Crespo, Obispo de Calabozo, a practicar la visita pastoral por delegación del anciano Obispo de Barquisimeto, Mons. Víctor A. Díaz, y me decidí a manifestar a Mons. Crespo mis propósitos, y abandonando el proyecto de ingresar en la Escuela Arzobispal de Valencia, el 24 de mayo de 1887, me despedí de casa y me incorporé a la comitiva de Mons. Crespo a Calabozo, en donde llegamos el 2 de junio de 1887”.

El mismo Sosa Díaz –agrega Hernández- señala que el presbítero doctor Felipe Neri Sendrea le demostró profundo afecto y a la muerte de Monseñor Crespo, ocurrida en Caracas el 12 de octubre de 1888, y luego del deceso de su tío el padre Federico Sosa, párroco de El Pao, estado Cojedes, el 24 de agosto de 1889, le manifestó: “Desde ahora yo seré tu protector”.

Esto le brinda mayor confianza y fortaleza espiritual -para avanzar en sus objetivos- al joven seminarista quien en 1889 es designado secretario del cabildo, cuyas funciones mantiene hasta que se ordena de sacerdote, acontecimiento que ocurre –como ya dijimos- el 21 de diciembre de 1894 en la catedral de Calabozo.

 SU PRIMERA MISA FUE EN TINACO

Un episodio de gratísima importancia para su vida fue el hecho de haber cantado su primera misa en su Tinaco natal, el 23 de febrero de 1895, y aunque para ese momento su padre se encontraba muy enfermo y no pudo estar presente, ofició con profunda devoción la santa Eucaristía ante una considerable asistencia de su pueblo que lo valora y percibe ya como un modelo de santidad.

Iglesia Nuestra Señora del Rosario de la Chiquinquirá de Tinaco, donde Sixto Sosa dio su primera misa en 1885. (Tomada de https://iamvenezuela.com/)

Aquel mismo año –según datos de la Congregación Hermanas Carmelitas Venezolanas- el mozo sacerdote es designado Maestro de Ceremonias de la Santa Iglesia Catedral de Calabozo y Lectoral de la misma en diciembre de 1896, así como Vice-Rector del Seminario de Calabozo en 1898. Por un breve tiempo, desde el 3 febrero hasta noviembre de 1899, atendió la parroquia San Juan Bautista de El Pao, en el estado Cojedes, para luego regresar a Calabozo a cumplir nuevas responsabilidades eclesiásticas.

Una característica fundamental de Sixto Sosa Díaz fue su constante actitud de oración y promoción de la Eucaristía como culmen de la fe católica y respeto a la voluntad de nuestro Señor.

MONSEÑOR MARIANO JOSÉ PARRA LEÓN, quien (años después) fuera sucesor de Monseñor Sosa en el obispado de Cumaná, da fe de la “profunda y noble devoción con que celebraba la misa” el prelado tinaquero, en una publicación que en 1971 hizo la Curia Eclesiástica de Cumaná para homenajear a su primer obispo a los XXV años de su muerte (1968) y centenario de su nacimiento (1970). Allí resaltó Parra León la absoluta concentración de Sosa al momento de la consagración del Pan y el Vino en demostración de profundo y entrañable amor por Cristo y su iglesia. En el prólogo de esta publicación -que nos ha servido de fuente documental para este trabajo periodístico- Parra León escribió: “Monseñor Sosa se transformaba en el Altar”.

EL SIGLO XX ACELERA SU AMOR A DIOS Y ESMERO POR LOS MÁS NECESITADOS

Ya para 1901 en Venezuela estalla la Revolución Libertadora y Cipriano Castro toma el poder, entre otras cosas, a los canónigos se les retiran las asignaciones que tenían por el Estado. Eso no es obstáculo para el prelado tinaquero, sino todo lo contrario, se estimula más a seguir en la fe y a trabajar por la iglesia que por aquellos años no se las ve fácil. Para ese año Sosa vuelve a Tinaco y posteriormente, en 1902, se embarca desde La Guaira hacia Roma, en peregrinación, formando parte de la delegación que representó a Venezuela en los actos de las Bodas Episcopales del Papa León XIII, lo cual influyó también en su crecimiento espiritual, amor a Dios y al prójimo.

El 11 de febrero de 1903, Sosa fue nombrado Cura y Vicario de Altagracia de Orituco (estado Guárico), donde inicia una ardua e importante labor en favor de la iglesia y en pro de los más desasistidos de la época, entre otras cosas funda un asilo para ancianos.

Don Alberto Sanabria, quien fuera el primer Cronista Oficial de Cumaná, señala en artículo de prensa publicado en el diario “El Universal”, el 22 de septiembre de 1970, que, desde su nombramiento en Altagracia, Sosa inicia “su ardua e importante labor; es el cura que se entregó a sus feligreses, es el protector de los pobres y es el consejero y mentor de los hijos de aquella región. Eran los días de la Revolución Libertadora, y el padre Sosa veía con señalado dolor el espectáculo de infelices heridos en las calles gracitanas, y entonces resuelve, en unión de aquella noble dama, que fue en el mundo SUSANA PAZ CASTILLO, descendiente de ilustre familia y emparentada con el Libertador, fundar el HOSPITAL “SAN ANTONIO”; aquella caritativa mujer sería después la Muy Reverenda MADRE CANDELARIA DE SAN JOSÉ”. Hoy una Santa venezolana que fue canonizada por el Papa Benedicto XVI en 2008.

A la par que funda el referido hospital instituye el programa social La Gota de Leche, para atender a los niños y ancianos y así ayudar a los más desfavorecidos por la crisis social y económica del momento.

RAÍCES DE LAS HERMANAS CARMELITAS VENEZOLANAS

La terrible situación en Altagracia no es desapercibida por el Padre Sosa, sus deseos de ayudar al prójimo se acrecientan y le llevan a encontrar un grupo piadoso de almas femeninas, donde destaca la ya citada señorita Susana Paz Castillo. Ellas se entregan al servicio por los enfermos. El corazón del padre Sosa le hace percibir que estas damas tienen también denodada vocación religiosa. Por ello acude al Padre Machado, para que las Hermanitas de los Pobres de Maiquetía se encargasen del Hospital y así aquellas jóvenes se incorporaran a la citada congregación. No obstante, pasan los meses y años y no se pudo cristalizar ese objetivo.

Monseñor Sosa y las Hermanas Carmelitas, congregación que fundó. (Tomada de https://colegiocarmelitascumana.es.tl/Hermanas-Carmelitas.htm)

A pesar de la adversidad, el joven presbítero doctor Sixto Sosa no desmaya en aquella intención y con la ayuda del mismo Padre Machado y del Obispo Dr. Felipe Neri Sendrea da forma a una congregación de “Hermanitas”, como ya se les decía en el pueblo, y el 13 de septiembre de 1906 el mismo Obispo Sendrea les vistió el hábito, pero fue luego, el 31 de diciembre de 1910, cuando se les da el nombre de Hermanitas de los Pobres de Altagracia de Orituco y nombra superiora de la misma a Susana Paz Castillo (futura Madre Candelaria de San José).

Esta organización es la que en 1925 pasa a ser la Congregación HERMANAS CARMELITAS VENEZOLANAS, la cual ha dado tantos frutos por amor a Cristo en obras a favor del prójimo, fundando colegios y asistiendo asilos y hospitales.

 A ROMA LLEGA EL NOMBRE DE SIXTO SOSA

En junio de 1914 Monseñor Sixto Sosa es designado Administrador Apostólico de la Diócesis de Santo Tomás de Guayana (Estado Bolívar) hasta el 15 de junio de 1915 cuando es preconizado por el Papa Benedicto XV Obispo titular de Claudiópolis y Auxiliar de Monseñor Antonio María Durán en dicha Diócesis. El 31 de octubre de 1915 recibe la Consagración Episcopal en la santa Catedral de Caracas, de manos del Nuncio Apostólico, Monseñor Carlos Pietro Paoli. EN 1917 ES OBISPO DE ESA DIÓCESIS (GUAYANA), luego de la muerte de Monseñor Antonio María Durán. Allí permaneció trabajando hasta 1922. En enero de ese año muere el papa Benedicto XV, y en febrero resultó elegido papa Pio XI.

MONSEÑOR CRISANTO DARÍO MATA COVA, segundo Arzobispo de Ciudad Bolívar, en Boletín de esa Arquidiócesis, en octubre de 1970, narra que “durante su obispado en Guayana, Monseñor Sosa ordenó como sacerdotes a Manuel Estanga Ledezma, Ramón Juan Querol, Francisco Rodríguez Fuentes, Eulogio González Salazar y Jesús Ramón García Gómez. Monseñor Sosa trajo a las Siervas del Santísimo a Ciudad Bolívar; en su tiempo comenzaron en jurisdicción suya la labor los Padres Capuchinos en las misiones y de muchos nuevos sacerdotes en la Diócesis. Monseñor Sosa recorrió una y muchas veces la Diócesis con el admirable y heroico celo del que nos han dado ejemplo nuestros obispos…” Diócesis que cubría más de la mitad del territorio venezolano.

PASTOREANDO A MEDIA VENEZUELA CON SU CRUZ

A principios del siglo XX cuando Monseñor Dr. Sixto Sosa llega a tierras orientales, está todo por hacer y se vivía una situación muy delicada porque Venezuela era un país netamente rural, gobernado por la dictadura de Juan Vicente Gómez, cuando los políticos que se resistían al régimen eran lanzados a las cárceles sin proceso alguno, muchos hasta alcanzar la muerte; cuando no había carreteras ni transporte, pululaba el analfabetismo y las enfermedades contagiosas como el paludismo, la malaria, cuando el chipo hacía de las suyas en una población desprotegida y pobre, en medio de todas esas adversidades Monseñor Sosa llega a Guayana y comienza a un arduo trabajo, para evangelizar en una Diócesis que geográficamente tenía la mitad del territorio venezolano, por cuanto podríamos imaginar lo difícil que ha de haber sido realizar su labor pastoral y más allá de eso, sus labores por ayudar al prójimo en la salud, en la educación, en la siembra de valores.

Con todas las dificultades, pero con un gran amor a Cristo, Monseñor Sosa iba visitando comunidades muy alejadas, enclavadas en los llanos orientales de Monagas, Anzoátegui, en la selva de Bolívar y Amazonas, en los ramales del Delta, en Sucre y Margarita, con su escudo pontifical donde grabó el signo de la cruz con la leyenda: Crux, spes unica (La cruz, mi única esperanza) … con esa cruz triunfadora de Cristo sortearía todo tipo de obstáculos en su trabajo evangelizador.

La histórica Ciudad Bolívar vio partir al Obispo Sosa en 1923. (Tomada de https://daproli.wordpress.com/)

Ciudad Bolívar lo vio partir el 17 de agosto de 1923 para Cumaná, como Primer Obispo de esta recién creada Diócesis. Para Monseñor Sosa mi admiración y mi gratitud, asimismo de toda Guayana, en la que sufrió, luchó y triunfó”, escribió el Arzobispo Mata Cova.

A Sixto Sosa le corresponde asumir otras responsabilidades ya que fue designado por la Santa Sede como PRIMER OBISPO DE LA RECIÉN CREADA DIÓCESIS DE CUMANÁ, cargo que asume el 30 de noviembre de 1923.

MÁS FRUTOS … MÁS SANTIDAD

Desde su llegada a Cumaná, como Primer Obispo de esa Diócesis, en 1923, comenzó su trabajo para organizar la iglesia en los estados Sucre y Nueva Esparta. Durante los 20 años cuando gobernó esta jurisdicción eclesiástica levantó la bella Catedral de Cumaná, el Seminario Diocesano de “San José”, los Colegios “San José” y “Nuestra Señora del Carmen” e incontables obras en lo moral y en lo material, que le hicieron ganar el respeto y el cariño de los sucrenses y neoespartanos.

El terremoto de 1929 derrumbó la Catedral de Cumaná, la cual lloró Monseñor Sosa, quien inició su reconstrucción. (Tomada de https://turismosucre.com.ve/cumana/terremoto1929/index.html)

El terremoto del 17 de enero de 1929 fue una terrible vivencia que, entre otras cosas, destruyó la Catedral que con tanto esmero, dedicación y esfuerzo venía construyendo Monseñor Sosa con un gran equipo de colaboradores.

El Arzobispo de Barquisimeto, el margariteño, MONSEÑOR CRÍSPULO BENÍTEZ FONTÚRBEL, escribió una semblanza de Monseñor Sosa, y dijo: “Cumaná lo vio caminar por sus calles, reuniendo material para edificar su Catedral; ejecutando personalmente trabajos que podía encomendar a otros, pero que él gustaba de dar ese testimonio para que la gente trabajadora de ese pueblo, nos decía a quienes éramos seminaristas, vieran que el Obispo también trabajaba”.

“Estaba él en Caracas, en el Seminario, cuando supo la catástrofe cumanesa. Todos le vimos llorar; todos nos sentimos unidos íntimamente a él en el dolor de ver su más querida obra vuelta ruina y destrucción. Pero el Obispo tenía un carácter fuerte, dominador y emprendedor. Acatando la voluntad de Dios se dirigió a su Sede inmediatamente, y acometió de nuevo la construcción de su Catedral”.

Actual Catedral de Cumaná.

También recuerda este Obispo el amor de Monseñor Sosa por la educación, por lo cual creó escuelas y seminarios y resalta la importancia de esas iniciativas especialmente en aquellos tiempos de la dictadura gomecista, precisamente porque el régimen no estaba ganado para aquellos propósitos.

“No fue en vano su esfuerzo ni para el sacerdocio ni para otras profesiones, ya que su fruto está representado por dos Arzobispos, cuatro Obispos, ocho sacerdotes y seglares de la vida cristiana cuyo ejemplo bien puede ser el Dr. Pedro del Corral, nacidos de su paternal solicitud por la educación y el seminario”, apuntó Benítez Fontúrbel.

Interior de la Catedral de Cumaná, donde reposan los restos del tinaquero, Monseñor Sixto Sosa.Lápida que identifica la tumba de Monseñor Sosa en la catedral de Cumaná. (Tomadas de https://steemit.com/spanish/@manuel82/catedral-de-cumana-catedral-metropolitana-del-sagrado-corazon-de-jesus-de-cumana)

Lápida que identifica donde están los restos de Monseñor Sosa en la catedral de Cumaná.

FRAY CAYETANO DE CARROCERA, en artículo de prensa en “La Religión” (22 de octubre de 1970) revela que en 1929 le tocó salir de Caracas donde se encontraba junto a Monseñor Sosa, hacia La Guaira para embarcarse a Cumaná luego de conocer la terrible noticia del terremoto el 17 de enero de ese año. Describe que después de navegar toda la noche y todo el día siguiente llegaron a Cumaná a las siete de la noche. “No se veía luz alguna; el muelle estaba solitario, medio hundido; la ciudad cubierta por las sombras de la noche parecía un cementerio lleno de ruinas; las calles y las playas semejaban un campo de desolación y de muerte; las gentes que encontrábamos en nuestra entrada llevaban en sus rostros escuálidos y macilentos las señales de la espantosa tragedia que habían presenciado”.

“Todas las iglesias quedaron medio arruinadas. La nueva Catedral en construcción, próxima a inaugurarse, se vino totalmente al suelo. ¡Que inmenso dolor para el pobre Monseñor, cuyo triste y doloroso lamento oí de cerca y casi lloramos los dos al ver destruidas las dulces esperanzas de ver muy pronto inaugurada y consagrada la nueva Catedral de Cumaná!”.

Todo el esfuerzo de Monseñor Sixto Sosa por levantar y afianzar el trabajo espiritual por la salvación de las almas tuvo sus frutos en obras tangibles (Escuelas, colegios, seminarios, hospitales, asilos, casas cunas, casas hogar, obras sociales, comunitarias, etc., etc.) y en otras que sólo las ve Dios, porque las almas convertidas gracias a la guía, la orientación, la oración, de Monseñor Sosa y todos sus sacerdotes y colaboradores en el pueblo de Sucre y Nueva Esparta, así como en Guayana, Cojedes y en toda Venezuela, es un fruto espiritual.

OPINAN OTROS OBISPOS Y SACERDOTES QUE LE CONOCIERON

MONSEÑOR ANTONIO RAMÍREZ SALAVARRÍA, quien fuera Obispo de Maturín, en el acto con motivo del centenario del nacimiento de Monseñor Sixto Sosa, efectuado en Cumaná, resaltó que “la personalidad de este hombre, aunque humilde y sencillo, no es la de un hombre corriente, es la de un gigante…” Explica que durante el tiempo que estuvo “frente a la Junta de beneficencia, con una mano repartía el pan para socorro material de los damnificados, para el consuelo espiritual de sus hijos echaba sobre sus hombros ya ancianos una Cruz de Madera para el Vía Crucis penitencial por las calles de la ciudad en ruinas”.

Monseñor Ramírez Salavarría fue uno de los discípulos de Monseñor Sosa.

Dice que cuando muchos pensaron abandonar la ciudad, luego del trágico terremoto de 1929 él “se puso a remover escombros y replantear terrenos para reconstruir la Catedral y arreglar el Seminario y el Colegio…”

Resalta igualmente su fe y su gran devoción a la Santísima Virgen, al afirmar: “en aquellos días cercanos a su muerte, al sobrevenirle una de esas crisis que suponíamos sería ya su último momento, comenzamos los que rodeábamos su lecho a rezar el Santo Rosario. Terminado éste volvió en sí el Santo Obispo y como si despertara de un sueño natural, le oímos que recitaba junto a nosotros la oración de la Salve” … Fue él quien obtuvo de la Santa Sede el Rescripto de Proclamación de la Virgen del Valle como Patrona de Oriente.

Entre otras características de Monseñor Sosa, el Obispo Ramírez Salavarría, apunta: “práctica asidua de Consejos Evangélicos… su amor a la pobreza y a los pobres; el ejemplo de su castidad intachable; el gran sentido de Iglesia fomentado por una adhesión inquebrantable al Romano Pontífice y espíritu de obediencia y disciplina a las normas canónicas; su celo por el culto divino; su vigilancia por la moral y las buenas costumbres de la sociedad; su preocupación por la educación integral de la juventud; sus desvelos por el fomento de las vocaciones sacerdotales y religiosas; su filial devoción a la Augusta Madre de Dios, María Santísima y su veneración por la Patria, fueron una lección permanente para las actuales y futuras generaciones de apóstoles…”

Definiendo la personalidad de Monseñor Sosa, el entonces OBISPO AUXILIAR DE CUMANÁ, EL 29 DE L968, PEDRO PABLO TENREIRO, publica en el diario “La Religión”, que “monseñor Sosa fue profundamente humilde y ocultaba cuidadosamente las grandes cualidades con que quiso enriquecerlo la Bondad del cielo… su caridad, por ejemplo, era verdaderamente evangélica… y bajó a la tumba pobre porque todo lo había dado.

Sobre los votos de pobreza de Monseñor Sosa, el Obispo Auxiliar Tenreiro expone que su condición llega “A tal punto que con frecuencia sus sotanas estaban raídas y era necesario, ocultamente, procurarle alguna nueva sin que él cayese en la cuenta… porque (pensaba que) aquel dinero habría sido útil para remediar alguna necesidad”, y afirma que las Hermanitas Carmelitas Venezolanas acudían a él para que procediera al cambio ya que ellas no se atrevían a hacerlo.

Monseñor Sosa fue humilde, pobre, de gran lucidez y mucha fe.

 

“…fue un hombre de gran ilustración. Amaba profundamente los libros… era versado en Teología e Historia, pero sabía ocultar ingeniosamente sus conocimientos… Nunca estaba sin hacer algo a pesar de las grandes dolencias que le exigían reposo… escribía de continuo… y llevaba meticulosa cuenta de los acontecimientos de la Diócesis”. Dejó una biblioteca muy completa y enseñó a los seminaristas a empastar y encuadernar libros. A monseñor Sosa le gustaba la soledad y el retiro, afirma el Obispo Tenreiro y “condenaba sin ambages los malos procederes, vinieran de donde vinieran. Aborrecía la adulación y la hipocresía. Amaba la franqueza, por eso a veces se le juzgaba (como) duro. Buen llanero, al pan lo llamaba pan y al vino, vino”.

Otro gran sacerdote como lo fue MONSEÑOR ENRIQUE BREKELMANS, quien desde 1926 estuvo con Monseñor Sosa colaborando con la construcción de la catedral de Cumaná, así como de seminarios y colegios, dejó por escrito algunos conceptos sobre Monseñor Sosa. En misiva a Monseñor Parra León, con motivo del homenaje a Sosa Díaz, dijo: “A través de toda su vida noté que Mons. Sixto Sosa era un hombre santo. Todo lo que ganaba lo gastaba en el Seminario, y después de que tanto trabajo por el bien de la Iglesia, en su Diócesis fue mucho lo que le calumniaron, y él jamás tuvo una palabra de queja por lo que le pudiera suceder”.

Al momento de su muerte solo dejó 16 bolívares, según dijo en una reseña que sobre la vida de Monseñor Sosa hizo el Padre Víctor Salcedo en el acto de los 25 años de la muerte del ilustre prelado.

Otro aspecto fundamental en Monseñor Sosa fue su gusto por los cánticos para solemnizar las misas. No fue músico, pero le gustaba que las funciones litúrgicas estuvieran solemnizadas con cantos. Por ello estimuló sacerdotes y laicos a sistematizar aptitudes musicales, entre ellos al padre y después Obispo de Maturín Antonio Ramírez Salavarría y al profesor Rafael Sequera. Eso quizás llevó a los directivos del Liceo “Antonio José de Sucre” a designar con el nombre de Monseñor Sixto Sosa al muy destacado orfeón de dicha casa de estudios en la ciudad de Cumaná.

AMOR A LA PATRIA

Para resaltar el amor que Monseñor Sosa profesó a su patria Venezuela, basta con mencionar un solo ejemplo de muchos. Cuando Sixto Sosa era cura párroco de Altagracia de Orituco, se celebraron los primeros 100 años del 19 de abril de 1810, entonces junto al pueblo erigieron un monumento por tan importante efeméride, levantaron una cruz grande de madera en una colina desde la cual se observa toda la ciudad y Sixto Sosa elaboró de su puño y letra un acta firmada por él y un grupo de ciudadanos de esa comunidad, en la cual señala:

“Llegados los días centenarios en que el pueblo venezolano conmemorará el heroísmo y grandes sacrificios de nuestros padres por obtener la libertad, nos hemos congregado los suscritos para dejar a las generaciones que vienen, un recuerdo de los memorables días en que se cumplen cien años de haber iniciado los venezolanos su movimiento de emancipación. Así, levantamos este pequeño monumento coronado por la cruz –lábaro de concordia universal- para que diga a nuestros descendientes nuestro voto a favor de la Patria bien amada. Queremos a nuestra Patria viviendo para el trabajo; la queremos reinando entre sus hijos la más completa armonía; la queremos caminando por las sendas del progreso; deseamos con vehemencia que todos los venezolanos vivan vida de honor y lleguen a la prosperidad por la justicia. Lamentamos que nuestros medios no permitan hacer algo más digno. Sirva esto de experiencia a nuestros hijos: han pasado cien años de vida libre y somos pobres, porque en nuestras guerras hemos perdido nuestras riquezas. Saludamos al nuevo siglo de vida republicana como a días de gloria para el pueblo venezolano. Altagracia de Orituco, 19 de Abril de 1910”.

Esta cruz aún existe y aunque fue remodelada, aún señorea a Altagracia de Orituco como símbolo de fe y esperanza, así como lugar de peregrinación y de turismo. (Tomada de http://gracitano-orituco.blogspot.com/2010/05/la-gran-cruz-de-pena-de-mota.html)

Son muchísimas cosas más las que se pudieran decir de este hombre entregado a Dios en cuerpo y alma, de un corazón noble y un alma movida por la caridad. Pero habría que dedicar muchísimas páginas más, tiempo e investigación en otros campos. A través de esta investigación documental aspiramos dar líneas gruesas de lo que fue una vida caracterizada por la santidad, de un hijo ilustre de Tinaco, y progresivamente iremos detallando aspectos de este digno hombre de la iglesia fundada por Jesucristo. Con esto pretendemos contribuir a difundir su historia en las generaciones de hoy y de mañana y encender la llama del amor a nuestros valores humanos que como Monseñor Sosa nos sirven de ejemplo y testimonio de la importancia de tener a Dios como centro fundamental de nuestras vidas para alcanzar el éxito y la felicidad, que no es otro que servir a Cristo haciendo bien a nuestros hermanos.

Hoy día los cumaneses siguen honrando la memoria de Monseñor Sosa, pero también hoy queremos sumar a los cojedeños y al país en general a esta misma causa, porque éste fue un hombre valiente, decidido al trabajo, sin temor a avanzar por los caminos del Señor con su cruz a cuestas. Sus restos reposan en el Altar Mayor de la Catedral de Cumaná, aunque su corazón, permanece en la Casa Noviciado de las Hermanas Carmelitas Venezolanas, en Caracas, quienes lo reconocen como su fundador, pero su alma triunfante está en el cielo por la gracia de Dios.

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí