El Papa invita a no desfallecer ante las dificultades: “Dios es más grande que todos tus males”

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El Papa Francisco afirmó que ante las dificultades y el sufrimiento “podemos desanimarnos”, sin embargo, recordó que “Dios es más grande que todos tus males”.

En la homilía, que pronunció este viernes 5 de noviembre en el Hospital Policlínico Agostino Gemelli, en Roma, con motivo de los 60 años de la facultad de Medicina y Cirugía de la Universidad Católica del Sagrado Corazón, el Santo Padre invitó a no tener miedo a las dificultades: “¡Ánimo! ¡No tengas miedo! Ánimo, hermana, ánimo, hermano, no desfallezcas, el Señor tu Dios es más grande que todos tus males, te toma de la mano y te acaricia. Es cercano a ti, es compasivo, es tierno. Él es tu consuelo”.

El Pontífice explicó que “contemplando el Corazón de Cristo podemos dejarnos guiar por tres palabras: recuerdo, pasión y consuelo”.

Sobre la primera palabra, recuerdo, explicó que significa “volver con el corazón”. Advirtió que “en las prisas de hoy, entre miles de carreras y continuos afanes, estamos perdiendo la capacidad de conmovernos y de experimentar la compasión, porque estamos perdiendo este volver al corazón, es decir, el recuerdo, la memoria”.

En ese sentido, el Papa renovó su agradecimiento “por los cuidados y el afecto que recibí aquí”. El Papa estuvo ingresado en el Policlínico Agostino Gemelli desde el 4 hasta el 14 de julio para someterse a una cirugía intestinal.

“Creo que en este tiempo de pandemia nos hace bien hacer memoria también de los períodos de mayor sufrimiento: no para entristecernos, sino para no olvidarnos y para orientarnos en las decisiones hacia la luz de un pasado muy reciente”, señaló.

Subrayó que “cultivando esta memoria, que se refuerza cuando hablamos de tú a tú con el Señor, sobre todo cuando nos dejamos mirar y amar por él en la adoración. Pero también podemos cultivar entre nosotros el arte del recuerdo, haciendo tesoro de los rostros que encontramos”.

“Pienso en los días agotadores en el hospital, en la universidad, en el trabajo. Nos arriesgamos a que todo pase sin dejar huella o que nos quedemos sólo con la fatiga y el cansancio. Nos hace bien, por la noche, hacer resumen de los rostros que hemos encontrado, de las sonrisas que hemos recibido, de las buenas palabras”.

La segunda palabra, pasión. “El Corazón de Cristo no es una devoción pía para sentir un poco de calor dentro, no es una imagen tierna que suscita afecto. No es eso, no. Es un corazón apasionado, basta leer el Evangelio, un corazón herido de amor, destrozado por nosotros en la Cruz”.

Recordó la descripción que en el Evangelio se hace de la Pasión en la Cruz: “Una lanza le golpeó en el costado y al instante surgió sangre y agua”. “Atravesado, se entrega; muerto, da la vida”.

Por eso, “el Sagrado Corazón es el icono de la Pasión: nos muestra la ternura visceral de Dios, su pasión amorosa por nosotros y, al mismo tiempo, coronado por la cruz y rodeado de espinas, hace ver cuánto sufrimiento ha costado nuestra salvación. En la ternura y en el dolor, el Corazón revela cuál es la pasión de Dios: el hombre, nosotros”.

“¿Qué nos sugiere esto?”, planteó el Papa: “Que, si queremos de verdad amar a Dios, debemos apasionarnos del hombre, de todo hombre, sobre todo de aquel que vive la condición en la que el Corazón de Jesús se ha manifestado: el dolor, el abandono, el descarte. Sobre todo, esta cultura del descarte que vivimos hoy”.

La tercera palabra: consuelo. “De ahí viene la fuerza. Jesús, el Dios con nosotros, nos da esta fuerza, su Corazón da valentía en la adversidad. Muchas incertezas nos asustan: en este tiempo de pandemia nos hemos descubierto más pequeños y frágiles”.

El Papa invitó a mirar “la realidad a partir de la grandeza de su Corazón” porque, de esa manera, “la perspectiva cambia, cambia nuestro conocimiento de la vida porque, como nos ha recordado San Pablo, conocemos ‘el amor de Cristo que supera todo conocimiento’. Animémonos con esta certeza, con este consuelo de Dios”.

“Y pidamos al sagrado Corazón la gracia de ser capaces, a su vez, de consolar. Es una gracia que se pide mientras nos comprometemos con valentía a abrirnos, a ayudarnos, a llevar los unos los pesos de los otros. Vale también para el futuro de la santidad, en particular de la santidad ‘católica’: compartir, ayudarse, andar adelante juntos”, concluyó el Papa Francisco.